4 de octubre de 2012

Sentenciando Víctimas

Recuerdo que en una ocasión les hablaba a mis amigas sobre una joven -a quien llamaré Alicia- que fue violada por tres muchachos durante su viaje de promoción. Alicia tenía unos 17 años en aquel entonces y fue asaltada sexualmente por dos compañeros de clase y un bar tender de la discoteca donde habían estado bailando y bebiendo antes de que el crimen fuese perpetrado. También recuerdo que la respuesta unánime de los que comentaron el caso fue: “¿Quién la manda a estar emborrachándose? Eso ella se lo buscó.” Apuesto a que muchos de ustedes también habrán pensando lo mismo al leer la descripción del escenario en el que aconteció el delito. Yo tendré la osadía de estar en desacuerdo. Tristemente, la cultura popular entiende a los hombres como animales salvajes, incapaces de controlar sus instintos, dejando a las mujeres la tarea de protegerse de estas fieras y responsabilizarse de las consecuencias si llegasen a fracasar en el intento. Es algo así como una confusa y dinámica relación entre cazador y presa, que es considerada por muchos como normal.  Pero adivinen qué, situaciones como esta no son normales ni espontáneas, son el resultado de una sociedad paternalista y en muchos sentidos misógina, que asume como natural las agresiones, especialmente sexuales, a la vez que descarga a los hombres de cualquier culpa por la sencilla razón de ser hombres. Es un asunto de seguridad nacional entender que las mujeres no son seres vulnerables sino entes en situaciones de vulnerabilidad, que muchísimas veces son protagonizadas por machos que aún creen tener el permiso de actuar sin ningún parámetro moral. Es mi placer informarles que sin importar los factores en juego, cualquier relación sexual sostenida sin el claro consentimiento de ambas partes es una violación, en todo el sentido de la palabra.