15 de febrero de 2016

Sobre los debates presidenciales

El debate es, sin lugar a dudas, un ejercicio democrático. Solo dentro de un sistema que permita la pluralidad puede tener cabida el intercambio y el enfrentamiento de ideas. La ausencia de debate solo puede tener como consecuencia el secuestro de la opinión pública y la imposición de visiones por parte de grupos de poder.

Recientemente, el reclamo por la instauración de debates presidenciales ha tomado un lugar importante en la agenda mediática, gracias al proyecto de ley propuesto por la Junta Central Electoral (JCE) y respaldado por la Asociación Nacional de Jóvenes Empresarios (ANJE), que define los debates como un requisito para la postulación a la presidencia.

República Dominicana no ha visto nunca un debate entre sus candidatos a la presidencia y bien pudiera establecerse un debate sobre el debate, sobre sus vicios y bondades.

Los opositores de la propuesta, a pesar de correr el riesgo de ser satanizados por la prensa y la sociedad civil, tienen argumentos fuertes en contra de dichos enfrentamientos. Las principales objeciones abordan la primacía de la forma por encima del contenido. Es decir, la capacidad argumentativa y de oratoria como factores determinantes, en lugar de la calidad de las propuestas. Ciertamente, los debates presidenciales televisados tienen un componente farandulero innegable. Los elementos no-verbales como el manejo de las cámaras, la disposición de las luces y la imagen de los candidatos juegan un papel importante. Un ejemplo histórico es el debate de Nixon contra Kennedy en 1960 en el que los espectadores televisivos dieron por ganador a Kennedy mientras los oyentes radiales otorgaron la victoria a Nixon, evidenciando el poder de los elementos visuales en la percepción del público.

Además, estudios sugieren que no tienen gran incidencia en los resultados electorales. Como bien cita el politólogo Mario Riorda en su artículo “Debatiendo sobre el debate”, el caso de Kerry versus Bush, en el que Kerry ganó todos los debates pero perdió las elecciones.

Ahora bien, los beneficios que pudieran ofrecer los debates presidenciales son incuestionables y, en mi opinión, en un ejercicio ponderativo, superan con creces sus posibles vicios. Para empezar, obligan a los candidatos a exponer sus propuestas de gobierno a las más férreas críticas y cuestionamientos de sus opositores. La naturaleza del debate también los obliga a responder a cualquier acusación, eliminando la posibilidad de distraer la atención pública hacia otros asuntos, como normalmente ocurre en el escenario político actual. Aunque no existe garantía de que las propuestas y promesas esbozadas en un debate se concretizarán una vez el candidato obtenga la presidencia, sí le ofrecen a la ciudadanía una base sólida sobre la cual sustentar reclamos y exigir a los líderes asumir la responsabilidad ética y moral sobre los planteamientos que hayan definido su campaña.

En ese mismo sentido, los debates presidenciales contribuirían a enriquecer el discurso político y a definir líneas más claras entre los candidatos y sus posturas, invitando al electorado a votar por una agenda de gobierno y no solo por la tradición que pueda arrastrar un partido o la simpatía que pueda generar un aspirante. Es la construcción de un electorado informado que podrá ejercer su voto con un juicio más claro sobre las prioridades de los candidatos y sus hojas de ruta al momento de asumir el poder.

Por otra parte, permiten a candidatos emergentes obtener mayor visibilidad frente a los votantes, al ofrecerles un escenario desde el cual discutir sus visiones y preocupaciones sin la necesidad de pagar costosos spots publicitarios. Todo esto sin mencionar que establecer debates presidenciales sentaría las bases necesarias para extrapolar esta práctica a otros ámbitos de la vida política.

Si bien es cierto que los debates no resolverán todas las debilidades de nuestra democracia, no es menos cierto que tienen la potencialidad de iniciar un cambio en la cultura política dominicana. Es imperativo que se abandone la politequería y las campañas populistas de discursos repetidos y vacíos y se inicien discusiones que estén a la altura de una democracia bien consolidada como la nuestra. Si se establecen las bases y las reglas para un debate presidencial civilizado, en el que no haya espacio para las humillaciones y la insensatez, podemos abrir la ventana hacia una nueva era política marcada por el enfrentamiento de las ideas y no solamente de los presupuestos para campañas electorales. Es la responsabilidad de todos nosotros continuar exigiendo la celebración de estos encuentros hasta que las más altas instancias decidan hacerlos realidad.

Pamela Martínez Achecar
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