5 de julio de 2012

¿El crédito o los impuestos?


El aumento del crédito universitario de la Universidad Autónoma de Santo Domingo de 6 a 20 pesos ha desatado una ola de violencia y manifestaciones que obligan a cuestionarnos ó la real naturaleza de las huelgas ó el supuesto progreso en el que los dominicanos nos hemos montado.


Los montos asignados para el pago de los diferentes servicios ofrecidos por la universidad se han mantenido estables por más de 30 años. Un ajuste casi insignificante en términos absolutos, aunque debo admitir que quizás demasiado súbito, ha provocado demasiado malestar en un país que se jacta de tener el crecimiento económico más estable de la región. Claramente, los estudiantes de la UASD -que son la fiel representación de los estratos más pobres de la sociedad- se han mantenido ajenos a este festín  macroeconómico que inexplicablemente le permite a unos comprar bolsos de 3,000 dólares en Blue Mall pero no pagar 20 pesos (menos que una Coca-Cola de 20 onzas) para costear su educación superior.

Me parece una aberración del pensamiento lógico (si por alguna razón podría considerarse como tal) que se afirme que el nuevo problema de los uasdianos es una subida de 14 pesos por crédito y que será eso y no el creciente precio de la canasta familiar y los servicios públicos, lo que los forzará a quedarse fuera de la universidad. El verdadero problema de los estudiantes no radica en el precio de la matricula, que es casi un pago simbólico comparado al precio de otras universidades nacionales e internacionales, sino en una inflación arropadora y un nivel de desempleo que está asfixiando a muchos dominicanos. El problema es una indexación constante de impuestos que sumada a la inelasticidad de los salarios no puede arrojar otro resultado que gran precariedad económica. El problema es un sistema económico y social que no garantiza a sus ciudadanos un poder adquisitivo prudente como para permitirles hacer frente a la nueva tarifa universitaria.

En mi opinión, la reacción provocada en los estudiantes no es más que un terrible diagnóstico sobre una economía que se autoproclama prospera aunque ciertamente no equitativa. No podemos cegarnos ante expresiones tan claras de desigualdad; deberíamos orientar todo el ímpetu que se ha vertido sobre las paredes y ventanas de la rectoría en una lucha que persiga conquistar un poco de justicia social. Quizás así un buen día lograremos que la mano invisible del mercado deje de firmarle cheques a las elites mientras les regala solo una limosna a las mayorías. 


Pamela Martínez Achecar.-

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