27 de junio de 2014

En mi caja de Pandora

La sociedad nos ha hecho expertos en ocultar nuestros miedos e inseguridades como si estuviésemos obligados por alguna norma a ser indoblegables. Los miedos se nos presentan como la antítesis de la fuerza, y en cierto modo lo son, pero los miedos no nos hacen débiles, nuestra incapacidad de aceptarlos sí. Auto negarse el permiso de romperse y quebrantarse es un ejercicio exhaustivo y absorbente que nos va haciendo demasiado duros por fuera y muy frágiles por dentro; porque nunca tenemos la oportunidad de volver a ensamblar una mejor versión de nosotros mismos.

Con más frecuencia de la que me gustaría admitir me descubro perseguida a través del tenebroso bosque de mis suposiciones, acorralada por mis inseguridades y finalmente torturada por mis despiadadas dudas, mientras mi sonrisa centelleante promueve una imagen fuerte y estable. Ni la más íntima de mis amigas podría imaginar la cantidad de batallas que he librado en la introspección que suelo sumergirme cuando no estoy pensando en mi trabajo o en qué haré el próximo sábado por la noche.

Se desata una lucha titánica contra la incertidumbre y el pesimismo cuando empiezo a cuestionarme si realmente soy lo suficientemente buena como para alcanzar mis metas, lo suficientemente especial como para que alguien se enamore de mi por más de tres meses, lo suficientemente audaz como para ser opulenta económicamente, lo suficientemente bonita como para que el amor de mi vida se fije en mí y no en la linda chica de largas piernas y abdomen plano. Luego empiezo a preguntarme si tengo lo que hace falta para llegar a los destinos que anhelo y entonces me arropa el miedo de llegar a los 60 rodeada de gatos y con un bucket list lleno de deseos incumplidos y lamentos amargos.

Sin embargo, lo peor de todo es tener que afrontar todo este desasosiego a solas, porque por alguna retorcida razón no dejo de pensar que el miedo y la tristeza me hacen vulnerable y débil. Pareciera que tengo que atender a un llamado divino a ser el más imperturbable de los seres humanos, o al menos aparentarlo. He sufrido más la anticipación de mis fracasos, que mis derrotas en sí mismas y he llorado demasiadas veces sin atreverme a derramar una sola lagrima, porque eso sería confesarle al mundo que realmente no fui suficiente.

Pero aquí estoy… tratando de restarle fuerza a mis miedos mientras hablo de ellos. Con suerte algún día logre convencerme de que no se supone que gane todas las batallas y que el fracaso no es más que un asunto de perspectiva. Quizás algún día no me avergüence de admitir mis derrotas y por fin entienda que ellas no me definen ni me cuestionan. Puede que ese día el fracaso y la insuficiencia ya no sean mis mayores temores, y de una vez por todas entienda que es imposible disfrutar el trayecto aferrada al miedo de caerme.  



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5 comentarios:

  1. Wao! que profundo. Comparto mucho esa idea de que las derrotas son una cosa de perspectiva, además siempre me repito a mi mismo que el miedo es atraso y muchas veces son se presentan sin fundamentos. ¡Excelente artículo!.

    Te invito a pasar por mi blog de lectura:

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  2. excelente articulo pam, una dura realidad que se vive sin necesidad en nuestros interiores como seres humanos pues la vida es dicha pero sus tontos parámetros la hacen desdicha, yo elegí desechar la desdicha, y simplemente vivir a plenitud de mi ser en cuerpo, alma, mente y corazón. tremendisimo articulo, me toco una fibra.

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  3. Realmente interesante Paola, me gusta bastante tu reflexión, pero creo que no tenemos que tener miedo de llegar ni a 100 años de soledad ;)

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  4. Primera vez que te leo, quedé encantada con el post.

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